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La selva de Irati existe

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Ana Rubio y José Antonio Arcos en la Selva de Irati, Navarra. /joseantonioarcos.es

Adiós Pamplona. Ponemos rumbo hacia el este para llegar a Lumbier y desde allí hacia el norte dirección a los Pirineos siguiendo el río Salazar y sus valles adyacentes. Según viajamos la vegetación y su verde inherente va cambiando en tonalidad e intensidad y no será hasta el cruce con el municipio de Ochagavía cuando nos dirijamos hasta nuestro destino: la famosa selva de Irati.

Ana Rubio y José Antonio Arcos en la Selva de Irati, Navarra. /joseantonioarcos.es

Durante mis estudios en Pamplona en los diferentes pisos de estudiante por los que pasé siempre poblaba mi habitación con algún póster de este lugar, impropio de imaginar en la Península Ibérica, pero tan cierto como real. La selva de Irati existe. Viendo las imágenes no le hacen honor. La realidad en este caso es siempre más bella que cualquier póster y más sublime que la mejor de las fotografías.

Ochagavía, Navarra. /joseantonioarcos.esAna Rubio y José Antonio Arcos en la Selva de Irati, Navarra. /joseantonioarcos.es

Desviándonos hacia el noroeste dejamos atrás la bonita localidad de Ochagavía, robusta como la piedra de sus calles. A unos 25 kilómetros se ubica la entrada a la selva de Irati. En kilómetros y kilómetros a la redonda no hay señal alguna del ser humano, solo naturaleza salpicada de montañas y árboles que compiten por alcanzar un cielo infinito.

Ana Rubio y José Antonio Arcos en la Selva de Irati, Navarra. /joseantonioarcos.es

El día de nuestra subida, pese a ser verano, encontramos una niebla que lejos de entorpecer el viaje, lo llena de una atmósfera envuelta en magia. Encontramos a un pastor cerca de un mirador que se abre al valle. Un letrero indica la dirección que conduce a los Altos de Abodi. Charlamos con el pastor unos pocos minutos mientras que imaginamos una vida como la suya, rodeado de una naturaleza viva, de la que se alimenta, y alejado de las distracciones de la urbe. Aunque apartado de las comodidades y confort del mundo Matrix, este pastor nos hace dudar de qué pastilla elegir.

Pastor en la selva de Irati. Navarra. /joseantonioarcos.es

Pocos kilómetros después la vegetación se hace más espesa y la única conversación que deseas mantener es el silencio. Ana y yo nos abandonamos a la ensoñación del momento para disfrutar de un lugar único.

Ana Rubio y José Antonio Arcos en la selva de Irati, Navarra. /joseantonioarcos.es

Una vez dejas atrás la selva de Irati la certeza del debe cumplido se apodera del viajero. Nada de lo que venga después puede conmover más a un espíritu zarandeado para siempre por la belleza de Irati.

Frontera entre España y Francia por Navarra. /joseantonioarcos.es

Nuestro itinerario nos encamina más al norte hasta aproximarnos a la frontera con Francia. No nos cruzamos con ningún vehículo. La carretera asciende en un escenario propio de una Vuelta Ciclista o un Tour. Hacemos cima y desde el Pirineo navarro nos dejamos caer por una pendiente de más del 10% hasta el otro lado, rumbo a Larrau. Estamos en Francia.

Pirineos navarros. Frontera con Francia. /joseantonioarcos.es

José Antonio Arcos en el Pirineo francés. /joseantonioarcos.es
Ya en el Pirineo francés.

Acerca del Autor

joseantonioarcos

Licenciado en Periodismo por la Universidad de Navarra; licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Complutense de Madrid, con título de experto en Unión Europea. Periodista especializado en información agrícola.

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